Las manos eran blancas, cuidadas… como si no hubieran estado trabajando tantos años… tanto tiempo. Aquellas manos habían cuidado de ella, de su madre, de su hermano…incluso de su padre, el padre que nunca entendió nada, y que seguía sin entender nada. Aquellas manos habían procurado que jamás le faltase nada a ninguno de ellos… y gracias a ellas, su familia era y tenia lo que se merecía.
Lo que se merecía. Pensar en ello hizo que hiciese una mueca. Porque nunca había sabido que se merecía realmente su familia. Y ahora, tras cuatro años separados de ellos, sabía que jamás lo sabría.
Se retorció las manos, nerviosa., obligándose a desviar la vista de las manos de su abuelo. Hacía sólo un día de que la habían avisado de su muerte, y a pesar de su rechazo a volver a aquel pueblo, que tantos malos recuerdos le traía, había cogido el primer vuelo hacia España. Y allí se encontraba… cuatro años después, y sin saber que hacer, ni a quien dirigirse.
Lentamente, se apartó del ataud y se dirigió a la puerta, deseando coger una bocanada de aire fresco. No soportaba el aire viciado, y las miradas de soslayo de los que habían sido sus familiares. Porque lo eran… sin lugar a dudas… aunque ya no los sintiera como tal.
Llegó a la puerta y abrió su bolso, buscando un cigarrillo.
- Pensaba que aguantarías mas el tipo…- le dijo una voz masculina, mientras le ponían un cigarro delante de la cara, ofreciéndoselo- antes tenías mas agallas
Ella se giró hacia él.- ¿Cómo conseguiste localizarme?
Su hermano se encendió el cigarro y le ofreció el mechero, para que ella se lo encendiera también. Ella aceptó el fuego, y le dio una larga calada a su cigarrillo.
- El abuelo siempre fue un sentimental que te adoraba, hermanita. Fue tan fácil como mirar en sus papeles… y en sus notas privadas.
Julia Alcázar miró hacia el horizonte, y pestañeó para evitar unas lágrimas traicioneras. Ella había adorado a su abuelo por encima de todas las cosas, y lo que más le había dolido, tras su marcha, había sido separarse de él. Pero siempre había tenido una llamada para su cumpleaños… una tarjeta y un regalo para Navidad. Y una sonrisa eterna que siempre tendría clavada en el corazón.
- Siento mucho no haber estado ahí cuando murió- dijo ella volviendo la cabeza hacia su hermano- ¿Por qué no me avisaste antes de que estaba tan enfermo?
- Fue todo muy rápido, Lía. A mi me avisaron cuando ya no se podía hacer nada por él…
Julia le miró, dolida- ¿ Las cosas siguen igual?
Javier Alcázar se echó a reir.- Igual no… peor. Pero las cosas siguen su curso. Yo soy el gran hijo, heredero de la gran fortuna… y eso es lo que realmente importa, ¿no?
- Si tú lo dices…- Julia tiró el cigarro al suelo y lo pisó- sólo espero que nuestros padres sean felices.
- Claro… de lo mas felices…- Javier miró hacia el interior del tanatorio y observó como su madre miraba hacia ellos, pero sin hacer gesto alguno de acercarse- tienen lo que quieren. Y ahora con la muerte del abuelo, podrán manejar la fortuna a su antojo… todo un sueño hecho realidad.
- ¿Y tú como estás?
- ¿Yo? Ya te digo… perfectamente. Soy el graaan heredero.
- Pues no pareces muy feliz- apuntó ella.
Su hermano tiró su cigarrillo al suelo y la miró.- ¿Tienes dónde quedarte?- preguntó sin contestar al comentario de su hermana.
- Alquilé un coche en el aeropuerto… así que me quedaré en la ciudad.
- El abogado va a presentar el testamento en unos días. Deberías estar.
- No me interesa el testamento- ella caminó unos pasos, alejándose mas de la puerta del tanatorio- sólo quiero regresar a mi vida.
- Tengo un pequeño apartamento a la entrada del pueblo. Puedes quedarte allí, Lía… todo el tiempo que necesites.
- No te preocupes. Estaré bien…- ella le sonrió y se giró para marcharse. Javier la detuvo.
- Ellos ya no viven en el pueblo.
Julia se detuvo de golpe, pero no se giró.
- Él se fue justo después de ti. No soportó ser el paria del pueblo… y escuchar como hablaban pestes de ti. Su hermano, Daniel, y sus padres vendieron la casa, y le siguieron.
Ella se giró con lentitud.- ¿Por qué me cuentas eso, Javi?
Javier ladeó la cabeza para mirarla.- ¿No has vuelto a saber nada de él?
Julia negó con la cabeza, con lentitud.- ¿Para qué?
- Para que no te de miedo quedarte en el pueblo…- él hizo una mueca y la miró, con sinceridad- necesito que te quedes conmigo unos días, hermanita…
Ella sonrió.- ¿Me has echado de menos?
Javier también sonrió.- No tanto como crees… pero si más de lo que yo creía…
- Vaya… eso es una declaración en toda regla- ella no pudo evitar reir
- Entonces… ¿una borrachera ?
- No tanto… pero una copa si me beberé. Por los viejos tiempos.
Javier se acercó a ella y la cogió de los hombros. Se dirigieron a su Q7 y tras abrir las puertas, la invitó a entrar en el coche. Ella no lo pensó más. También había echado de menos a su hermano pequeño… más de lo que él se imaginaba… y tanto como ella creía. Porque le sabía mal haberle dejado a solas en la jaula de fieras…y le dolía ver como la distancia, y las situaciones, casi los habían separado. Pero era su hermano… y ella le adoraba.
- ¿Cómo está Abel?- le preguntó ella cuando él puso el coche en marcha.
Javier no la miró, pero en sus ojos, oscuros como el azabache, se reflejó la agonía del dolor.
- No soportó los secretos, el vivir en la sombra… y se marchó. Me dejó hace dos años.
Julia le miró sin saber que decir.- Dios mio…
- Abel quería ser como tú…- siguió él apretando el volante entre sus manos
- ¿Neurocirujano?
- No…libre. Libre para ser quien quería ser… para poder sentir lo que quisiera sentir. El problema es que yo no tenía… ni tengo esa libertad
Julia quiso abrazarlo, pero no se atrevió. Javier aún no había salido a la carretera.
- Lo siento mucho, Ito…
Él sonrió.- ¿Sabes? Hacía años que nadie me llamaba así…
- ¿Cómo?¿Ito?- ella también sonrió- siempre serás Javito para mí… mi Ito.
Él la miró con cariño.- Te he echado de menos tanto como sabía que te echaría de menos…
- Y yo a ti, tonto… y vámonos… que ahora es cuando necesito más de una copa.
- A sus órdenes, señorita Álcazar…
Y sacó el coche a la carretera, mientras se dirigía a la carretera principal para salir del pueblo.
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- ¡¡¡Migueeeeeee!!! ¡La comida está en la mesa! ¿Te falta mucho?
Miguel salió de debajo del coche y se secó las manos llenas de grasa en el pantalón, ya lleno de manchurrones. Sabía que Victoria se pondría de los nervios cuando le viera el pantalón, porque esas manchas no salían ni por intervención divina… pero a él le encantaba su trabajo. Y eso ella lo entendía mejor que nadie.
Salió del garaje dónde tenía su pequeño taller y se dirigió a la casa, hambriento. Hacía un año que vivía con su novia, Victoria, y cada día se maravillaba más con sus artes culinarias. No tenían demasiado dinero, lo justo para vivir… pero eran felices a su manera. Él siempre había soñado con tener un taller mecánico, y aunque para conseguirlo, se habían tenido que hipotecar hasta las cejas, tanto Victoria como él, siempre habían tenido claro que ese taller existiría…aunque tuvieran que pagar hasta que tuvieran bastón y dentadura postiza. El sueño de él era el de ella, le había asegurado Victoria… y Miguel no podía dejar de adorarla por eso.
Entró en la pequeña casa y corrió hacia la cocina. Vivían en un pequeño pueblo pesquero, cerca de Barcelona, dónde a los dos les encantaba vivir… sobretodo cuando llegaba el invierno y podían dar largas caminatas por las playas solitarias. En verano, como todos los pueblos de costa, se llenaba de visitantes. Y aunque perdían la tranquilidad, subía el trabajo para Miguel, así que ninguno de los dos se quejaba de la llegada de la época calurosa.
Al llegar a la cocina, encontró a Victoria de espaldas a él, acabando de retirar la olla del fuego. Se acercó a ella, con una sonrisa traviesa y la besó en el cuello.
- ¡Eyyyy! ¡Cómo me dejes el vestido lleno de grasa, duermes en el sofá dos días seguidos!- le regañó su novia. Pero al contrario de sus palabras, se acercó más a él, abrazándole y buscando sus labios- me has tenido abandonada toda la mañana…- le dijo ella haciéndole un puchero.
- Lo siento cielo… pero Manuel me pidió que si podía tener el coche para hoy mismo…
Victoria lo volvió a besar y le dio un pellizco en el culo.- ¡Anda, señor trabajador! ¡Vaya usted a quitarse esa ropa llena de grasa y a lavarse un poco, antes de comer!
Él ríó, y le dio un beso antes de salir de la cocina
- ¿Cómo ha ido en la guardería?- gritó él desde el baño.
- ¡Muy bien!- ella colocó los platos en la mesa y llevó la olla hasta allí, para servir la comida- hoy se ha caído Ana…pobrecita… si hubieras visto como lloraba…
Miguel volvió a la cocina con ropa limpia y sin manchas de grasa en la cara y en los brazos.
- Esa niña es adorable…¿Qué ha dicho su madre?
- Pues nada.. pobre mujer. Bastante tiene con los cuatro hijos que tiene en casa…- Victoria se detuvo, como si acabara de acordarse de algo- ¿ sabes de lo que me he enterado?
- ¿De qué?- Miguel no la miró, mientras ponía la servilleta sobre sus rodillas y miraba el plato que ella le servía.
- Que ha muerto Francisco Álcazar… el de tu pueblo natal…¿lo conocías?
La mano de Miguel se detuvo por un momento, pero un segundo más tarde, cogió la cuchara y empezó a comer, sin contestarle.
- Migue…¿lo conocías?- preguntó su novia de nuevo.
En ese momento, él si la miró.- Sí… creo que si. Mi pueblo es muy pequeño, Vic…
- Era el rico del pueblo…y seguro que lo conocías- ella se sentó frente a él.
- ¿Porqué estás tan segura?- le preguntó él dejando de comer.
- Porque mi amor… su abogado ha llamado hace una hora- él la miró, asombrado y ella cogió aire para continuar- estás convocado para la lectura del testamento de ese hombre, Miguel… te ha dejado parte de su herencia.
A Miguel se le calló la cuchara de las manos.